domingo, 1 de noviembre de 2015

Otoño llegó. I



Aunque oficialmente el otoño comienza en septiembre, nosotros no hemos comenzado este tema hasta hace dos semanas. La finalidad de este centro de interés es que los niños perciban los cambios que en el entorno se producen con el cambio de estación. En esta edad, los aprendizajes tienen que ser muy ligados a la realidad, porque apenas han desarrollado el pensamiento simbólico, por eso para hablar del otoño es preciso que en el exterior los signos otoñales sean muy perceptibles.


Las dos primeras semanas nos hemos centrado en aspectos climatológicos y del paisaje. Al entrar en el aula lo primero que hacemos es mirar por la ventana para ver qué tiempo hace. Se trata de habituar a los niños a observar su entorno y fijarse en los cambios atmosféricos: hace sol o hay nubes, está lloviendo, sopla el viento, etc. Poco a poco aprenderán a asociar unas características meteorológicas y del espacio natural con una estación determinada, a la que también pondrán nombre. Preguntas como ¿qué pasa cuando llueve?, ¿porqué no se ve el sol?, ¿porqué se mueven las ramas de los árboles?, etc., les llevan a establecer las primeras asociaciones entre diferentes elementos de la naturaleza relacionados con el clima. Incluso relaciones de causa efecto, pues ya razonan que el día que llueve no podemos salir el patio porque la hierba está mojada.

Miramos por la ventana para observar el tiempo climatológico


Una vez identificada la climatología, el niño que le toca ser protagonista ese día elige y coloca en el calendario del tiempo un pictograma que lo representa, mientras verbalizamos: “hoy es día lunes (o martes, o miercoles…) y en el cielo hay nubes”. En ese momento también le cambiamos la ropa a nuestros amigos Rosa y Miguelito, les ponemos paraguas y botas de agua si llueve, o se las quitamos si hace sol.


Calendario del tiempo


Paraguas y botas para Miguelito











Las mañanas de la primera semana en el patio, antes de que empezara a llover, también fueron muy enriquecedoras, pues los peques pudieron observar cómo soplaba el viento, movía las ramas de los árboles y echaba las hojas al suelo. Para los niños ese es el elemento más característico de esta estación, las hojas secas. Armados con rastrillos y palas limpiábamos de hojas el césped, ellos las arrastraban, las cargaban en las palas o en el camión de juguete, las amontonaban, las pisaban, las volvían a esparcir... una tarea interminable y que no les cansaba. Una tarea que fomenta el gusto por el cuidado del entorno, la cooperación para conseguir un objetivo, la responsabilidad de recoger y colocar los materiales, la autoestima al ser capaces de hacer "cosas de mayores"… Una tarea que supone esfuerzo, colaboración, entusiasmo, satisfacción...

Rastrillamos el patio

¡Qué difícil manejar el rastrillo!












Un fin de semana propuse a los papás que salieran al campo con los peques y disfrutaran de la experiencia: pisar las hojas, escucharlas crujir, tirarlas al aire… y recoger algunas para traerlas a la guarde. El lunes siguiente llegaron cargados con sus preciados tesoros: un montón de hojas de varios colores y tamaños, y otras cosas que se encontraron, como piñas, nueces, castañas, bellotas, moras, y, ¡hasta una remolacha! Lo colocamos todo en cestitos pequeños y luego en una caja grande.

Se sentaron alrededor de la caja, primero observando con curiosidad, después tocando con cuidado y preguntando ¿esto qué es? Y al fin, cogiendo en sus manos los diferentes frutos, mirándolos de cerca, apuñándolos, apretándolos, viviéndolos, sintiendo su textura, su dureza, su olor. Fue una experiencia sensorial preciosa, en la que cada uno destacó algo especial.
- Esto pesa mucho- dijo uno de los peques al coger la remolacha.
- Están duras- comentó otro de las nueces.
- Son pequeñas- explicó una niña de las avellanas.
- Lucía, mira, esto es una manzana -me informó otra peque - es pequeña. ¡Y tiene hojas!- comentó asombrada.


Nuestros tesoros

Otro día centré su atención en las hojas secas, “mirad, hay hojas de varios colores, vamos a separarlas: aquí las amarillas, aquí las moradas, aquí las marrones, aquí las verdes…”, y así estuvimos clasificando un buen rato. Me gustó mucho que si un peque se confundía, algún otro compañero le corregía, “aquí no, aquí”. Y es que estas correcciones entre ellos son más efectivas para el aprendizaje que si las hiciera yo.

Algunas veces la clasificación la hicimos en relación al tamaño de las hojas, grandes o pequeñas. Y aconteció una anécdota curiosa con uno de los chiquillos. Cogió una hoja en la mano y dijo "esta hoja es grande", luego la rompió en varios trozos y dijo: “ahora es pequeña”. ¡Toma ya, con la demostración! Esto denota una racionalidad muy avanzada. Luego hicimos una ficha de discriminación visual, en la que había que buscar dos hojas pequeñas entre otras más grandes.

Aquí las amarillas, aquí las marrones...
A este lado las pequeñas, en el otro las grandes


Para ayudarles a visualizar mejor se montó el rincón del bosque en otoño, en el que hay arbolitos de hojas de distintos colores. Aunque, lo que más las atrae de este rincón del otoño no son los árbolitos sino los animales, lo que aprovechamos para decirles que las ardillas comen bellotas, avellanas y nueces, los jabalís ("un gocho feo", en palabras de Samira) comen setas y los osos comen picaculos y bayas. Y los osos,  cuando han comido mucho se van a dormir durante todo el invierno. Lo malo es que también querían saber qué come el lobo ("a Capusita”, me informó Leyre), y el zorro, y los caracoles, y los corzos y…, menos mal que no tenemos más animales.

Uno de los peques se acercó y se puso a soplar "los arbolitos", creo que trataba de imitar el viento cuando tira las hojas de los árboles, porque comentó "estas no se caen". Es cierto, tendré que colocar hojas sueltas sobre los arbolitos para que se caigan al soplar sobre ellos. Por su parte, otro niño parece que se quedó con la historia del oso, porque todos los días me pregunta si ya comió y si se puede ir a dormir. Y si le contesto que sí, que ya ha comido, entonces lo acuesta, y si le digo que no lo vuelve a poner de pie para que siga comiendo. ¡Bendita inocencia!








Los días que ha llovido hemos jugado con los paraguas. En clase los abrimos y vimos que uno era grande y otros dos (que había traído Valeria) eran pequeños. Lo comprobamos porque el paraguas grande es difícil de manejar, tanto que no podemos sujetarlo con las manos. Y también porque debajo del paraguas grande caben muchos niños y debajo del paraguas pequeño solo cabe uno. Esta explicación, que a nosotros nos parece tan tonta, establece relación directa entre dos conceptos matemáticos, tamaño y cantidad, aunque me queda la duda de que todos lo entiendan. Por su parte Valeria nos miraba hacer y les decía a los niños entusiasmada “es mio, es mio”, demostrando su satisfacción y alegría por compartir su paraguas con los demás.

Debajo del paraguas grande caben muchos niños


Debajo del paraguas pequeño solo uno




La última actividad consistió en pintar con los colores del otoño. Otra vez con la brocha en la mano disfrutaron como unos artistas de primera, mientras escuchaban "El otoño" de Vivaldi. ¡Qué tendrá esta actividad que la hacen totalmente concentrados, en absoluto silencio!



Marron, naranja, amarillo, rojo. Colores de otoño.

Y este es el resultado. Una auténtica obra de arte, sí señor. La expondremos en la próxima feria ARCO.

Hemos pintado el otoño


Y para terminar os propongo un juego. Mirad otra vez la fotografía de nuestro bosque. A ver si encontráis el lobo, el oso, una familia de caracoles, un jabalí y su cría, tres ardillas, dos corzos, un buho, un zorro, dos bellotas y tres setas.


Lucía Antolín.


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